Justo en el momento que encaramos la séptima semana de confinamiento, el Presidente del Gobierno Pedro Sánchez nos comunica, ¡al fin!, un plan de desescalada o de transición, establecido en cuatro fases, que nos conducirá en un plazo estimado de ocho semanas, si no surgen contratiempos que se materialicen en un repunte en los contagios, a lo que el Presidente denomina una «nueva normalidad».
Entre lo que sabemos con certeza figura que el camino hacia esta «nueva normalidad» se realizará de forma gradual y asimétrica, es decir, el Ministerio de Sanidad decidirá cada dos semanas, porque es el tiempo de incubación del coronavirus, qué territorios pasan a la siguiente fase del plan de transición y se hará diferenciando por provincias e islas, lo cual nos hace albergar esperanzas de que Menorca puede encontrarse entre los territorios que avancen hacia el desconfinamiento a mayor ritmo.
Me parece llamativo observar el uso que se hace del lenguaje por parte de los responsables políticos para comunicar sus mensajes e ideas bajo circunstancias extremas y de enorme incertidumbre como las que estamos viviendo. Los términos «nueva normalidad», «distanciamiento social», «hibernación económica» son, a mi modo de ver, una manera de anticiparnos y prepararnos para el conjunto de renuncias y pérdidas derivadas de la crisis y que deberíamos asumir entre todos.
Vuelta a la normalidad: ¿qué nos traerá de nuevo?
El Diccionario de la lengua española de la RAE define «norma» como «regla que se debe seguir o a que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades, etc.» Entonces, la primera consecuencia de situarnos en un entorno regido por una «nueva normalidad» es que las reglas a las que deberemos ajustar nuestro comportamiento van a cambiar. Quien más, quien menos, tenía asumido que a corto y medio plazo esto iba a ser así. Lo que no tengo tan claro es si, una vez superada la crisis, los cambios de hábitos y costumbres que ahora están adoptando las personas van a perdurar en el tiempo.
¡Quiero volver a mi antigua normalidad!
En el fondo, somos animales de costumbres y el anhelo de todos es volver a nuestra vida anterior al estallido de la crisis. Por tanto, a pesar del buen comportamiento que ha demostrado la gente durante el confinamiento, resulta lógico pensar que la verdadera prueba de fuego para el control de la pandemia comienza ahora con el plan de desescalada, como lo es, también, que una parte significativa de la ciudadanía no va a aceptar el cambio de normas de buen grado y va a demostrar su resistencia al cambio.
Mientras escribía este post, he recibido el siguiente mensaje a través de WhatsApp que ilustra, en gran medida, el esfuerzo de comunicación que deberán realizar las autoridades para explicar y convencer a la gente de las bondades de las medidas adoptadas para evitar el riesgo de contagio:
«En un país donde cada Nochevieja nos tienen que explicar como comernos las uvas, lo de la desescalada pinta chungo …»
El distanciamiento no es muy social, que digamos
Un ejemplo de las resistencias que puede mostrar la ciudadanía lo observaremos en el momento que se nos permita acudir a una terraza de un bar o restaurante, bajo determinadas condiciones de aforo y distanciamiento. En este caso, a diferencia de otras culturas más acostumbradas a respectar unas normas de distanciamiento social, puede que el carácter más sociable de la cultura mediterránea juegue en nuestra contra y haga que resulte difícil, por no decir imposible, que se respecte el comportamiento que se nos va a exigir para volver a disfrutar del acto social que supone tomarse unas cañas con familiares o amigos.
En este contexto de gran incertidumbre, veremos como propietarios de cafeterías, bares y restaurantes adoptan todo tipo de soluciones para adaptar sus establecimientos a los protocolos sanitarios que van a establecerse. Surgirán propuestas de todo tipo para adaptarse a la «nueva normalidad», desde las más básicas a las más extremas, con el fin de garantizarnos que nos encontramos en un espacio libre de riesgo de contagio, cuando la única certeza ante lo desconocido es que no hay garantías que valgan.
Los negocios corren el riesgo de incurrir en inversiones de dudosa efectividad
Para concluir, quería compartir mi temor al riesgo que observo de que empresarios de distintos sectores de actividad inicien un carrera dirigida a acreditar la seguridad de sus locales y que, por contagio de unos a otros, les suponga incurrir en inversiones elevadas en maquinaria y elementos cuya efectividad contra el Covid-19 no esté acreditada, a día de hoy.
A pesar de que en las actuales circunstancias es comprensible esperar que el corazón se imponga a la lógica, hay que tener presente que la adopción de medidas precipitadas puede deteriorar, aún más, la delicada situación financiera de la mayoría de negocios.
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